Frenkie de Jong es el neerlandés que más partidos ha disputado con la camiseta del Barça. El año pasado dejó atrás a Cocu, Koeman, Kluivert, Reiziger, Frank de Boer, Neeskens y hasta Johan Cruyff. El dato es mayúsculo, pero se convierte en significativo por todo lo que viene después del número. Nos costará encontrar otro futbolista que haya acumulado tanto tiempo en Barcelona y cuando se marche su huella sea tan neutra.
No se discute su calidad, sería absurdo, se discute su impacto. Tiene la conducción, la capacidad para superar líneas, la visión de juego e incluso la personalidad que explican por qué el Barça pagó lo que pagó por él en 2019. Su renovación contractual, legado de Barto, ya no es tan defendible. Precisamente por eso la sensación de deuda es mayor. A un futbolista mediocre no se le puede exigir grandeza. A Frenkie sí, porque aterrizó como uno de los centrocampistas destinados a mandar en Europa y siete años después seguimos discutiendo qué aporta al juego del Barça.
Su repercusión en el juego solo puede calificarse de irregular y la única constante de su etapa azulgrana es buscar cuál es su posición ideal. Que si necesita jugar de pivote. Que si necesita otro pivote al lado. Que si con libertad. Que si más arriba. Frenkie ha tenido más contextos favorables prometidos que temporadas verdaderamente dominantes. Ningún entrador duda de él, pero su juego no le ha asentado como un jugador indiscutible.
Añadamos que últimamente habla demasiado a menudo. Habla de las informaciones que considera falsas, de su relación con el club, de lo que se dice sobre él, de su voluntad de quedarse, de los rumores que le rodean. Y siempre protegido por el medio oficial, la televisión del club, donde el periodismo es extremadamente dócil. Está en su perfecto derecho de defenderse cuando considera que se falta a la verdad, pero hacerlo sobreprotegido es demasiado fácil.
Y conviene separar las cosas. Las lesiones no son reprochables, aunque su gestión pueda ser discutible. Tampoco puede responsabilizársele de todos los males de un Barça que durante buena parte de su estancia ha vivido instalado en la inestabilidad deportiva, económica e institucional. De Jong, además, ha ganado un puñado de títulos como azulgrana. Eso también debería contar, pero sigue siendo insuficiente.
Porque el legado no se mide solamente contando partidos y levantando las copas. Se mide preguntando qué Barça explica un futbolista. Cruyff explica una revolución. Neeskens, un carácter. Koeman, la falta de Wembley. Kluivert, goles. Cocu, fiabilidad. Incluso Davids, el más efímero, con apenas unos meses en Barcelona, permanece asociado a la competitividad.
¿Cómo recordaremos a Frenkie? Ésa es la pregunta incómoda. Incluso su capitanía, tras la marcha de Ter Stegen o Araujo, genera dudas por su tenue liderazgo y compromiso con los colores. Terminará su carrera azulgrana como el neerlandés más longevo porque hace tiempo que ganó la batalla de la estadística. Le queda la única que importa de verdad: conseguir que, cuando se marche, alguien recuerde su legado por algo más que una cifra o por ser un jugador elegante.