Infinity Esports clasificó al Circuito de Desarrollo de Latinoamérica Sur tras ganar la Copa Centroamericana 2025. Jugadores guatemaltecos de Valorant, League of Legends y Counter-Strike ya compiten y ganan contra brasileños, chilenos y argentinos sin necesidad de patrocinadores millonarios.
Cuando el ping dejó de ser excusa
Kevin “Keuro” Rodríguez apaga la luz del comedor en la zona 7 de la capital, se acomoda los auriculares y enciende la computadora que comparte con su hermana. A las nueve en punto la pantalla se llena de colores y el himno de League of Legends retumba en baja calidad mientras entra a la sala de práctica. No está solo. En otros barrios de la ciudad cuatro jugadores más hacen lo mismo. Son los integrantes de Infinity Esports, el equipo que hace apenas unos meses logró lo que parecía imposible: clasificar al Circuito de Desarrollo de Latinoamérica Sur, la antesala del LLA. Para ellos este logro no es solo un punto en la tabla, es la prueba de que Guatemala puede codearse con los gigantes de la región sin patrocinadores millonarios ni infraestructura de lujo.
La historia se repite en cada rincón del país. En Quetzaltenango un grupo de amigos arma sus propios torneos de Valorant en un café internet que huele a café recién molido y a ganas de salir adelante. En Escuintla un exfutbolista semiprofesional cambió los tacos por el mouse y ahora lidera un roster de Counter Strike que ya ganó dos mesas regionales. La escena es pequeña, sí, pero arde con una intensidad que muchos subestiman. Guatemala no aparece en los titulares de los grandes portales de esports, sin embargo, sus equipos están competiendo, ganando y, sobre todo, aprendiendo a no depender de la suerte para estar en la conversación.
El problema siempre fue el mismo: la distancia. No la geográfica, sino la que existe entre un jugador con talento y la oportunidad real de mostrarlo. Durante años los torneos latinoamericanos cerraban las puertas a los centroamericanos por temas de ping, de presupuesto o de simple desconocimiento. A nadie le convenía arriesgar un cupo en un torneo grande por un equipo que quizá no pudiera viajar. La pandemia cambió esa lógica. Cuando todo pasó a ser en línea los guatemaltecos comenzaron a inscribirse a torneos abiertos y a ganarles a brasileños, chilenos y argentinos sin que nadie pudiera ponerles un pero. De repente el ping de 70 ms dejó de ser excusa y se convirtió en el nuevo estándar. El resultado fue una generación de jugadores que creció mirando streams peruanos, siguiendo a los argentinos en Twitter y soñando con llegar a un estadio en Ciudad de México lleno de gente que corea su nombre.
Infinity Esports fue el primero en cruzar la línea. Tras ganar la Copa Centroamericana 2025 obtuvo un cupo en el clasificatorio sur del LLA. La organización apenas alcanzaba para pagar los pasaportes, así que los chicos organizaron streamathons, rifas de poleras y hasta vendieron calcomanías en sus colegios. Llegaron a la sede en Santiago con dos días de anticipación, durmiendo en un hostel que olía a cloro y a pizza barata. Perdieron los primeros tres partidos, pero ganaron los siguientes cuatro y se colaron entre los ocho mejores. El comentarista chileno no podía creerlo: “Estos muchachos vienen de Guatemala, ¿dónde queda eso?” El estallido de risas en el chat de Twitch fue mezcla de orgullo y burla, pero a nadie le importó. Por primera vez la bandera de Guatemala flameó en el stage de un torneo tier uno de la región.
De la sala a la arena
El salto de jugar en la casa a hacerlo frente a cámaras no fue fácil. Los jugadores de Infinity tenían promedio de edad de diecinueve años y la mayoría nunca había salido del país. El día antes del primer partido se quedaron hasta las tres de la madrugada practicando combos de jungle y support, pero también googlando “cómo no ponerse nervioso en un escenario”. Cuando salieron a la plataforma el ruido de la multitud los paralizó. El toplaner olvidó banear al campeón que había prometido dejar fuera y el midlaner se equivocó de runas. Aun así, en la tercera jugada lograron un contraataque perfecto que los analistas chilenos calificaron como “la teamfight más limpia del fin de semana”. El clip llegó a la página principal de Reddit y de la noche a la mañana el canal de Twitch del equipo pasó de doscientos a seis mil seguidores.
La familia de Keuro no entendía muy bien qué estaba pasando. Su abuela pensaba que jugaba “a esos aparatejos” nada más, pero cuando el vecino le dijo que había salido en la tele se puso a llorar. “Mi nieto es famoso”, le contó a la señora de la bodega mientras compraba tortillas. En la escuela los compañeros que antes se burlaban ahora pedían fotos para subir a Instagram. El director lo citó a la oficina y en vez de regañarlo le entregó una carta de recomendación para la universidad donde escribió: “Kevin ha representado al país con disciplina y compromiso”. Nada mal para alguien que apenas había aprobado química.
El equipo volvió a Guatemala con las maletas llenas de poleras firmadas y un contrato de patrocinio de una marca de laptops que antes ni los respondía. El dinero no era millonario, pero alcanzaba para pagar un local en la zona 10 donde pudieran entrenar sin que la hermana de Keuro les gritara que bajaran el volumen. El local tenía paredes de block sin pintar y un aire acondicionado que sonaba como helicóptero, pero era suyo. Lo llamaron “La Cueva” y pusieron una regla de oro: nadie entra sin lavarse las manos y quitarle el polvo a la alfombra del mouse. En ese cuartito sin ventanas nació la nueva generación que hoy suele con repetir la hazaña.
La grieta que se volvió puerta
El éxito de Infinity abrió una grieta que otros equipos supieron aprovechar. En 2026 el club Aegis Gaming logró clasificar al Valorant Challengers Latin America South, el torneo de segunda división de Valorant en el sur del continente. El roster estaba formado por cinco chicos que se conocieron en un torneo escolar de Quetzaltenango y que jugaban desde laptops prestadas. Su capitán, Luis “Luker” Velásquez, estudiaba ingeniería en sistemas y programaba sus propios macros para compensar el input lag de su máquina. Cuando llegaron al torneo clasificatorio en línea nadie les dio chances: sus nicks no aparecían en ningún ranking y su cuenta de Twitter tenía menos seguidores que una panadería local. Aun así, en la primera fase eliminaron al favorito chileno y en cuartos dieron la vuelta un 11-3 en contra para ganar 13-11. El clip del último round llegó a los trending topics de Argentina y durante veinticuatro horas Guatemala fue el país más mencionado en español de la plataforma.
La clasificación significó más que un logro deportivo. La cadena de cafeterías que había apostado por ellos duplicó sus ventas en Quetzaltenango y los dueños tuvieron que abrir una segunda sucursal para atender a los fans que querían ver los partidos en vivo. Los chicos firmaron autógrafos durante tres horas seguidas y una escuela privada les ofreció becas completas para estudiar cualquier carrera. Luker dejó la ingeniería y se mudó a la capital con la promesa de volver cuando tuviera “el título de campeón en la mano”. Todavía no lo consigue, pero en su habitación cuelga una bandera de Guatemala firmada por todos los jugadores del torneo que ahora usa como manta cuando hace frío.
El ping dejó de ser excusa y se convirtió en nuestro nuevo estándar.
Vendimos calcomanías en el colegio para pagar el pasaporte y llegar al sueño.
Estos muchachos vienen de Guatemala, ¿dónde queda eso?
De la sala a la arena: pasamos de jugar en la casa a oír gritar nuestro nombre en un estadio.
El camino no siempre fue de rosas. La organización regional siguió poniendo trabas: los guatemaltecos debían jugar con 90 ms de ping mientras los brasileños competían con 5 ms. Los administradores del torneo se excusaban diciendo que “la infraestructura centroamericana no permite mejores rutas”, pero todos sabían que era una forma de mantener la ventaja. Los jugadores aprendieron a vivir con eso. Entrenaban en servidores de Miami a propósito para acostumbrarse al delay y desarrollaron tácticas que no dependían de tiempos de reacción milimétricos. El entrenador de Aegis, un ex militar que había servido en las fuerzas de paz, les enseñó a respirar antes de cada clutch y a repetirse “el ping no decide, decido yo”. La frase se volvió viral y hasta los peruanos la empezaron a usar.
El mapa que se hizo grande
La aparición constante de equipos guatemaltecos en torneos sudamericanos obligó a los organizadores a redibujar el mapa competitivo. En 2026 la liga anunció que el torneo de clasificación incluiría por primera vez un servidor en Ciudad de Guatemala, algo que antes parecía ciencia ficción. El proveedor local tuvo que instalar fibra óptica directa al estadio y los técnicos trabajaron durante tres días seguidos para que todo estuviera listo. El día de la inauguración los jugadores llegaron temprano y se quedaron mirando los cables como si fueran arte contemporáneo. “Nunca había visto un ping de 9 ms en mi vida”, dijo el support de Aegis mientras se tomaba una foto con el monitor. La imagen fue portada del periódico local y el titular rezaba: “El milagro de la fibra llega a los gamers”.
- Infinity Esports entró al CDL Sur tras ganar la Copa Centroamericana 2025.
- La pandemia abrió torneos online y eliminó la barrera del ping.
- Jugadores de diecinueve años nunca habían salido del país antes de competir en Chile.
- En Quetzaltenango y Escuintla hay torneos locales de Valorant y Counter-Strike.
- La comunidad financia pasaportes y estadías con streamathons, rifas y calcomanías.
- Por primera vez la bandera de Guatemala apareció en un stage tier uno.
- La distancia entre talento y oportunidad se acorta cada vez más.

La noticia tuvo efectos colaterales inesperados. Las empresas de tecnología empezaron a patrocinar torneos locales y una cadena de supermercados donó veinte computadoras completas para una escuela pública de San José Pinula. Los profesores de matemáticas usaron los partidos para explicar probabilidades y los de educación física reemplazaron el fútbol por torneos de FIFA en los recreos. Los padres que antes regañaban a sus hijos por “estar todo el día con el videojuego” ahora se sentaban a ver las transmisiones y llevaban camisetas con el nombre de los jugadores. Una madre organizó un grupo de WhatsApp llamado “Mamás de proplayers” donde compartían horarios de partidos y recetas de sandwiches para llevar a los entrenamientos.
El éxito también atrajo a los sponsors internacionales. Una marca de bebidas energéticas firmó un contrato por tres años con Infinity y les regaló un bus adaptado con asientos de cuero y consolas de última generación. El vehículo recorrió la carretera Interamericana deteniéndose en cada ciudad para que los fans subieran a jugar y tomarse fotos. En Retalhuleu una niña de diez años llegó con un cartel hecho a mano que decía “Quiero ser como Keuro” y el capitán del equipo bajó del bus para abrazarla. La imagen fue tan poderente que la marca la usó en una campaña regional y la niña apareció en comerciales de televisión junto a futbolistas profesionales. Cuando le preguntaron qué quería ser de grande respondió: “No quiero ser futbolista, quiero ser midlaner”.
La próxima partida
Hoy Guatemala ya no es una anécdota en los torneos latinoamericanos. En el Challenger League de 2026 participaron cuatro equipos guatemaltecos entre los dieciséis clasificados y dos llegaron a cuartos de final. Los casters argentinos ya no preguntan dónde queda el país, sino qué jugadores van a ser los próximos en llegar al extranjero. La liga local recibe más de mil solicitudes nuevas cada temporada y los organizadores tuvieron que crear una segunda división para dar cabida a todos los roster. Los premios siguen siendo modestos, el primer lugar de la liga nacional reparte quince mil quetzales, lo que alcanza para pagar los pasaportes y unas vacaciones a Tikal, pero ya no se trata solo del dinero. Se trata de que un chico de San Benito pueda decirle a su mamá que va a ser jugador profesional sin que ella frunza el ceño.
Los veteranos de Infinity ahora trabajan como entrenadores de escuelas secundarias y dan charlas sobre gestión del tiempo entre partidas y tareas. Keuro estudia comunicación porque quiere ser caster y ya tiene una oferta para comentar partidos en inglés para una plataforma europea. Asegura que su inglomejoró viendo series sin subtítulos y que su frase favorita es “Let’s go, baby” que repite cada vez que hacen un baron steal. En su cuarto cuelga un póster del estadio de Santiago donde jugaron su primera final regional y debajo escribió con marcador: “Esto es solo la save del minuto 25, la teamfight decisiva viene ahora”.
FAQ
- ¿Cómo logró Infinity Esports entrar al torneo sur del LLA?
- Ganaron la Copa Centroamericana 2025. Con pasaportes pagados por streamathons, rifas y venta de calcomanías, llegaron a Santiago, perdieron los primeros tres partidos y ganaron los siguientes cuatro para meterse entre los ocho mejores.
- ¿Por qué antes no clasificaban equipos guatemaltecos?
- Los torneos cerraban puertas por ping alto, falta de presupuesto o desconocimiento. La pandemia lo cambió: al pasar todo a online, el ping de 70 ms dejó de ser excusa y los guatemaltecos comenzaron a vencer a gigantes de la región.
- ¿Cómo financian sus viajes si no hay patrocinadores grandes?
- Organizan streamathons, rifan poleras, venden calcomanías en colegios y usan hostales baratos. El presupuesto apenas alcanza, pero la comunidad aporta para que viajen.
- ¿Qué impacto tuvo la clasificación de Infinity?
- Por primera vez la bandera de Guatemala flameó en un torneo tier uno regional. El chat de Twitch estalló entre orgullo y burla, pero el mensaje quedó claro: Guatemala puede competir de igual a igual.
La escena sigue siendo pequeña comparada con la de México o Brasil, pero ya no depende de un solo equipo. Si Infinity se cae en la próxima fase, Aegis está listo para tomar la posta. Si Aegis falla, hay cinco roster más esperando su oportunidad. El país aprendió que el ping puede ser una molestia, pero no una sentencia de muerte, y que la falta de sponsors se compensa con creatividad y ganas. Los jugadores venden calcomanías, organizan maratones de stream y hasta hacen clases de ajedrez en línea para pagar los pasajes. Cada vez que alguien pregunta si Guatemala puede ser potencia en esports la respuesta ya no es “tal vez en el futuro”. La respuesta es “ya lo somos, solo falta que el resto del mundo se entere”.
- Infinity Esports rompió el techo al clasificar al Circuito de Desarrollo de Latinoamérica Sur.
- El ping de 70 ms dejó de ser excusa y los guatemaltecos ganan a equipos top de la región.
- Sin patrocinadores millonarios, la comunidad financia viajes con rifas y streamathons.
- Equipos de Valorant, League of Legends y Counter-Stripe ya ganan torneos regionales.
- La escena local es pequeña pero crece con intensidad en cafés internet y colegios.
En la casa de la zona 7, Keuro sigue apagando la luz del comedor a las nueve de la noche. Pero ahora lo hace sabiendo que en algún lugar de Quetzaltenango o de Escuintla hay un niño que repite su rutina y sueña con la misma meta. El himno de League of Legends retumba igual, pero el eco ya no se pierde en la noche. Se extiende por todo el país, sube por la cordillera, cruza el istmo y llega hasta el estadio más lejano donde alguien que nunca ha estado en Guatemala corea el nombre de un equipo que un día fue solo cinco chicos en una sala de práctica. La partida continúa, el cronómetro marca 35 minutos y la base enemiga está sin inhibidores. La próxima jugada puede ser la que defina el juego, y los guatemaltecos ya están en posición, esperando el momento perfecto para hacer clic y cambiar la historia una vez más.
